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Vicio Propio: podría ser una paranoia pero no un androide

Inherent Vice

En el principio está Doc Sportello, un simpático detective hippie que es visitado por su ex novia Shasta pidiendo un favor: encontrar a su ex novio, un millonario del sector inmobiliario cuya desaparición despierta intereses en todos: su mujer, el novio de su mujer, una mafia nazi y un largo y psicodélico etcétera que engloba toda una época y una geografía: la California de los años setenta.

Ante todo, Vicio Propio es una hilarante historia de detectives donde, en lugar de preguntas, hay enigmas; y un enigma por definición sólo abre más interrogantes: detrás de un simple caso desaparición, Doc Sportello encontrará una red de conspiraciones capaces de encapsular la brutal importancia que tuvo los setenta para la historia de Occidente; y digo enigma porque cada vez que abre Doc una puerta se encontrará sólo con más enigmas.  inherent_vice_ver8_xxlg

Sin embargo, detrás de Vicio propio (que, al ser una parodia de las historias de detectives está emparentada al Quijote en más de un sentido) está la novela de Thomas Pynchon, el autor más enigmático de nuestros días (hay pocas fotos de él, casi no hay entrevistas, no se sabe casi nada de su vida), que a lo largo de sus novelas ha tomado el maximalismo y la paranoia como estandartes. En esa prosa abigarrada y difícil, en esas tramas que siempre desembocan en una conspiración secreta, Pynchon ha cimentado la obra que acaso ha descifrado nuestro tiempo con mayor tino. ¿Qué es una teoría de la conspiración sino una radicalización del racionalismo?: Dudo de todo, ergo, ¿qué existe?

Vicio Propio

No es casualidad (y de serlo, es una casualidad portentosa) que el soundtrack de Vicio propio haya sido escrito por Jonny Greenwood, guitarrista de Radiohead y una de las mentes musicales más potentes de nuestro tiempo: “Podría ser una paranoia pero no un androide” se escucha de fondo en “Paranoid Android”, una de las canciones más emblemáticas de Radiohead. Esa frase dicha por una voz robótica bien podría sintetizar el concepto detrás de Vicio propio: No en balde se trata de un detective (último y desgarbado heredero de los ideales caballerescos que sostenía don Quijote); no en balde las teorías de la conspiración a las que se enfrenta el espectador tienen repercusiones en nuestros días; desde el motivo sociológico que sostiene a los cárteles de droga hasta la ominosa invención de Arpanet (antecesor directo del Internet): para Pynchon, dudar de todo es lo único que nos permite mantenernos cuerdos. Así, la paranoia es un ejercicio de resistencia que nos permite atravesar las costuras de la realidad e incidir en ella: “Eso que las mentes miopes llaman realidad y yo llamo falta de imaginación”, alega Pynchon en un ensayo sobre Foster Wallace (acaso su más auténtico heredero).

Así, Vicio propio de Paul Thomas Anderson se erige no sólo como una adaptación arriesgada de un autor que se pensaba infilmable, sino como una estupenda entrada hacia una obra que ha mantenido entre sus ideales desconfiar de la realidad y, para colmo, desconfiar del lenguaje como transmisor de la realidad; sólo así se explica la prosa maximalista de Pynchon (tan cercana en la forma pero muy lejana en propósitos al barroco) que bien puede entenderse como una red de pesca: algo en el mar de la realidad debe sobrevivir entre el exceso de palabras; y casi siempre aquellas cosas que sobreviven se revelan como misterios: el amor (insondable), la política (oculta), la sociedad (desarticulada). Esto yace inscrito en el título mismo de la película: para las aseguradoras un “vicio propio” se refiere a aquel producto que no se puede asegurar por defectos inherentes, errores de fábrica: los huevos se rompen, el chocolate se derrite, el amor se estropea y las palabras rara vez dicen lo que realmente quieren decir. Thomas Pynchon, Action Figure

“Bajo de los adoquines, la playa”: esa consigna del 68 francés que sirve de epígrafe para Vicio propio está íntimamente ligada a uno de los epígrafes de El arcoíris de gravedad, la más reconocida novela de Pynchon: “Toto, me parece que ya no estamos en Kansas”. Esta inocente frase de El mago de Oz es el germen del mundo pynchoniano que podemos apreciar en la película de Anderson: el mundo detrás de la realidad y la llave posible para acceder a ese mundo: Porque, para Pynchon la realidad y la literatura también ostentan vicios propios; y su obra no es más que el quijotesco intento de corregir o sobrellevar esas carencias inherentes, esos defectos de diseño: En una estupenda entrevista, a todas luces falsa (pero que tratándose de Pynchon bien podría ser muy cierta) el autor que apareció en Los Simpsons cubierto por una bolsa de papel explica su poética a partir de un capítulo de Vicio propio: el deseo de inocular en los lectores la duda radical, porque siempre es preferible ser paranoico antes que ser un androide:

Thomas Pynchon“Un picapleitos aficionado a la marihuana ha dado con la demanda definitiva. Poner una querella a la MGM por los daños y perjuicios causados en toda una generación por El Mago de Oz. Es una película perversa, afirma. Un arma psicológica urdida por un grupo de magnates judíos para reventar las cabezas del público americano. He aquí el por qué. Durante la parte de la película que está rodada en blanco y negro, Dorothy es capaz de ver colores: nos habla del azul del cielo y del arcoíris. Y sin embargo, cuando llega a Oz y la película cambia a Technicolor, Dorothy abre los ojos de par en par, como alucinada. ¿Qué es lo que está viendo ahora, si ella ya podía ver los colores? Propiedades de la realidad que van más allá de la longitud de onda que nos hace distinguir el color. Un mundo parecido al nuestro pero cuya riqueza admite una dimensión más a las que estamos acostumbrados a ver en nuestra realidad cotidiana. Demasiado para poder soportarlo. ¿O no? Me gustaría ser como esos magnates de la MGM y poder volar la cabeza de mis lectores con esa misma arma terrorífica. No es la paranoia, no. Es la imaginación.”

Eduardo de Gortari

@edegortari