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Los reyes pálidos: Thomas Pynchon sobre David Foster Wallace

Los reyes pálidos: Thomas Pynchon sobre David Foster Wallace #culturaquemadura #pynchoninpublic

Hoy, como cada 8 de mayo, Thomas Pynchon cumple años. Esto no tendría tanta importancia; el autor de El arcoíris de la gravedad no va a invitar a nadie a ninguna fiesta. O quizá si, pero una tan poco convencional como sus novelas, pues hoy también se celebra el Día de Pynchon en Público desde el año 2011. Aquí en La Granada hemos decidido contribuir a las festividades poniendo en circulación, siendo que hasta hoy no estaba disponible en línea y en español, que apareció en Los Simpson con una bolsa de papel en la cabeza.

Los reyes pálidos

Normalmente no hago este tipo de cosas: escribir reseñas, conceder entrevistas, dar lecturas, firmar libros, aparecer en programas nocturnos, ir a cócteles, aceptar premios, conceder entrevistas, escribir elogios para portadas de libros —participar en todo el complejo literario-industrial, el círculo crítico-académico de pajeros— regularmente me quedo agazapado en mi refugio, mi ubicación particular no revelada, tecleando sin parar mi próxima novela del grueso de un directorio telefónico —J. D. Salinger me hace burla de mi vida social— pero en el caso de David debo hacer un excepción.

A lo largo de su carrera, se le ha comparado conmigo: su primera novela, La escoba del sistema, fue favorablemente yuxtapuesta con mi primera novela, V.; a ambos nos metieron en el mismo saco bajo la rúbrica de “literatura posmoderna”, lo qué sea que signifique (como dijo una vez el sagaz crítico Clive James, “pos-cualquier cosa es una pendejada” o una frase con el mismo efecto); incluso en sus obituarios mi nombre era citado por periodistas holgazanes dispuestos a soltar una alusión inmediata y luego pasar a la sección de deportes (por ejemplo, el New York Times lo nombró “heredero de virtuosos modernos como [yo]” en la primera oración).

Como entre la mayoría de los padres e hijos literarios, nuestra relación es tirante (véase, Kingsley y Martin Amis): en una entrevista David se autodenominó “el parricida de [mi] patriarca”; en otra dijo “no me mencionen la palabra con P”. Comprendí y acepté, incluso aprobé, su impulso Edípico de matar a su predecesor y reclamar para su beneficio a la dulce Calíope; yo mismo le bufé a Papa Hemingway, al cantarle un tiro en la sala a sus oraciones cortas, limpias y bien iluminadas; pero estaba lleno de admiración por la obra de David, aunque hacia el final él llegara a parecerse a Axl Rose tanto en su apariencia física como en su perfeccionismo obsesivo (aunque, por fortuna, no en su egomanía y, dios lo sabe, El rey pálido  es, a montones, mucho más digno de la espera, que Chinese Democracy).

Es verdad, de manera superficial nos parecemos, del mismo modo en que se dice que padre e hijo comparten la misma nariz, la barbilla, los ojos o cualquier otra característica física: a los dos nos gustan las novelas largas —como para sostener la pata faltante de la cama—, digresivas, llenas de un sinfín de personajes con nombres babosos; Contraluz, la más larga de las mías, tiene 1085 páginas y su Broma infinita, tiene 1079, incluyendo 96 de notas al pie; a los dos nos gustan las oraciones largas, complejas, mal cortadas (como ésta); no he identificado mi oración más larga, ni la de David, aunque estoy seguro de que un candidato doctoral ya ha hecho del asunto su tema de tesis (“Longitud comparada de oraciones en la narrativa posmoderna, deconstructiva, semiótica, blablablá…”), pero esto es el equivalente literario de comparar el tamaño de los penes; como dice la canción:

It ain’t the meat

It’s the motion.

(Una vez le escribí las anotaciones de un disco

a una banda que se llama Lotion).

También coincidimos en ciertos detalles biográficos: ambos fuimos atléticos en nuestra juventud –dejé la universidad y me enrolé en la Marina por dos años, David fue un tenista amateur con suficiente talento para considerar volverse profesional—, ambos le teníamos afecto a la elegante complejidad de las matemáticas —yo estudié ingeniería en Cornell, David escribió Todo y más: una breve historia del infinito— y ninguno de nosotros estaba a gusto con el contacto humano masivo y la frivolidad impuesta —ambos estaríamos de acuerdo en que, como David describió de manera muy elocuente en el texto que le da título a Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (publicado en 1997, el mismo año que Mason & Dixon, ¿coincidencia?), un crucero de celebridades suena a un particularmente desagradable círculo del Infierno de Dante (aún más extraño, el amigo y colega escritor de David, Jonathan Franzen, describe un crucero casi igual de infernal en Las correciones ¿sincronía, o eran compañeros de camarote? Sobre Franzen y todo el drama que hizo Oprah: entiendo perfectamente el recelo de David sobre el éxito comercial masivo y terminar aplastado entre los engranes del coloso cultural de Harpo Productions; al mismo tiempo, tengo una vaga esperanza de que se haga una película de mi más reciente novela, Vicio propio, quizá algo en la misma línea que Un adiós peligroso de Altman, una especie de cinta metadetectivesca, quizás dirigida por los hermanos Cohen; hubo en su momento un rumor de que Kubrick filmaría El arcoíris de la gravedad, pero ese rumor murió con Stanley).  

Pero nuestros temas —lo que podría considerarse el alma interior del escritor, de manera opuesta a su coraza exterior, su cuerpo mortal— son en esencia distintos. ¿Y cómo podían no serlo? Me volví adulto en los Sesenta: la era de asesinatos políticos, golpes de estado patrocinados por la CIA, guerras secretas ilegales, COINPRO, CREEP y el no-incidente del Golfo de Tonkin (ahora sabemos que LBJ prefabricó el evento para tener un casus belli —¿cómo les quedó el ojo, Presidentes tejanos?). Sin duda, mis novelas están llenas de conspiraciones dentro de las conspiraciones, un complot envuelto en una maquinación rodeada por una camarilla secreta; algo está podrido en los Estados de los Unidos y la única pregunta es cuándo empezó todo a ir tan horriblemente mal: ¿al final de la Segunda Guerra Mundial? ¿Al principio de la Primera Guerra Mundial? ¿En el trazo de los límites de la nación? (La “estrategia sureña” del Dick “el Mañoso” Nixon dividió al país racial y políticamente, además de garantizar a los republicanos el control de la Casa Blanca —con énfasis en “blanca”— por décadas).

David, en cambio, nació en el 62, un año después de que V. se publicara (¿casualidad?); para cuando tomó la pluma y el papel la guerra cultural ya había terminado, y nuestro bando había perdido: todo el idealismo juvenil de los Sesenta había sido aplastado por los Poderes Qué Sean o había colapsado bajo sus propias y pesadas ultraexpectativas. Él se volvió adulto en los Ochenta —la era del Bonzo y La Dama de Hierro (tristemente, no era un sitcom), la Caída del Imperio Maligno, el Ascenso de las Corporaciones Transnacionales (“conoce al nuevo jefe, el mismo que el viejo jefe”). Sin duda, las novelas de David se enfocan en el interior, en la lucha por la autenticidad dentro de una era saturada de ironía y narcotizada por el entretenimiento; en cómo mantener la sati en un mundo deliberadamente atiborrado con un millón de distracciones sin sentido (YouTube, Facebook, Twitter —quizá todo empezó a ir mal cuando Al Gore inventó el Internet—); la acción política externa y comprender, ni se diga cambiar, el destructivo curso de la historia ya no parecía algo posible. (David cubrió la campaña presidencial de McCaine en el año 2000 para la revista Rolling Stone y, de mala gana impresionado, tomó su distancia; sólo espero que la versión del 2008 de la campaña no lo haya empujado por la borda —aunque el patético espectáculo del alguna vez agradable prisionero de guerra, a quien los Me-Hago-de-la-Vista-Gorda y los ganosos de su partido consintieron al elegirle la Barracuda como coequipera, es suficiente para hacer que cualquiera desee tirarse por la ventana (no descarten a la Barracuda, ella fue provista con el equivalente del Discurso de Checkers de Nixon, lo que significa que va a lanzarse, lo puedes apostar, en 2012; al menos David no vivió para ver semejante abominación)).

Tras La broma infinita, David pareció perder su confianza en escribir novelas, alternando entonces entre la no-ficción hilarante —el ya mencionado Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, Hablemos de langostas— y colecciones de cuentos cada vez más sombrías —Entrevistas breves con hombres repulsivos (en cuya portada se muestra a un hombre con una bolsa de papel en la cabeza; yo aparecí en un episodio de Los Simpson con una bolsa de papel en la cabeza ¿estúpida suerte?), Extinción—; ahora sabemos que estaba trabado en un combate mortal con un siguiente Goliat, El rey pálido, que será publicado incompleto y de manera póstuma el 15 de abril* —de manera muy apropiada, el día del pago de impuestos—por Little, Brown and Company, asumiendo que aún exista para entonces una industria editorial. Desearía que él me hubiera hablado, o yo a él: le hubiera podido ofrecer algún consejo paternal sobre la futilidad de competir con tu yo más joven: cada reseña de cada novela que he escrito desde El arcoíris de la gravedad contiene la frase, ya sea de manera explícita o implícita, “no tan buena como”. Queda claro que tomarse la Gran Siesta Sucia ya pasaba mucho por su mente cuando en 2005 dio el discurso de graduación en la Universidad de Kenyon: “No es, en lo más mínimo, una coincidencia que los adultos que cometen suicidio con armas de fuego casi siempre se disparen en…[sic] la cabeza. Y la verdad es que la mayoría de estos suicidas están, en realidad, muertos desde mucho antes de jalar el gatillo”. Luego de que los antidepresivos y la terapia de electroshock fallaran, supongo que él asumió que no quedaba otro lugar a dónde acudir y sucumbió a la Entropía. (La revelación de que Eagleton pasó por la terapia de electroshock le costo a McGovern la elección del 72, lo cual preparó el escenario para Watergate). Mientras la industria editorial experimenta su propio Götterdämmerung, su Ragnarök, su final de los tiempos, David se ha ido a ese Valhalla especial reservado para los guerreros literarios que han muerto en batalla con una novela; qué un rebaño de Valquirias bávaras, bien proporcionadas, lo conduzca hacia su recompensa final.

¿O de verdad lo hizo? Piénsenlo así:  él estaba escribiendo una novela sobre el IRS, the Infernal Revenue Service (el Servicio Infernal de Recaudación), la Burocracia sin Rostro diciendo “tú-Eres-el-malo”, la peor pesadilla de Kafka, un adversario mucho más peligroso incluso que el Servicio Postal de los Estados Unidos (en 1966, cuando La subasta del Lote 49 fue publicada, el Administrador General de Correos aún tenia un control de facto sobre lo que podía publicarse en Estados Unidos, así que resultaba un villano apropiado; hoy en día ya nadie le teme al Administrador General, aunque el hecho de que los trabajadores postales tomen cartas en el asunto aún es causa de preocupación); sin duda lo tenían vigilado o incluso lo vapulearon hasta ultimarlo con prejuicios extremos; tal vez incluso ellos plantaron en su magnífico cerebro, mediante sus mutantes malévolos que ESPer Corp. crió específicamente para ese propósito, la idea de extinguirse a sí mismo; o, quizá, fingió su muerte —ya lo han hecho antes: Elvis, Jim Morrison, John Lennon, Marilyn Monroe y, ahora me entero, Michael Jackson— dejó un cadáver sustituto, una falsa nota de suicidio, de manera que pudiera escapar de la malévola, Sauronesca mirada del IRS; ciertamente espero que así haya sido —espero que esté en su propio refugio secreto bajo tierra en algún lugar, su ubicación particular no revelada, fuera del alcance de Google Earth o de las filosofías de Horacio, trabajando en su próxima novela, y emerja un día, pálido, quizá por deficiencia del helio, pero ataviado con armiño y oro, su cetro real en una mano, su manuscrito completo en la otra, el verdadero Rey Pálido de la literatura; esta es una conspiración que apoyo con absoluta sinceridad, no me importa terminar embaucado, porque la alternativa —lo que algunas almas miopes llaman “realidad” pero yo llamo una avería en su imaginación— me deja sin esperanza alguna, tan sólo con un profundo, doloroso, sentimiento de pérdida y la inefable pena de un padre amoroso cuyo único hijo murió demasiado, demasiado, demasiado, demasiado, demasiado pronto.

*de 2011 (N. del t.)

Ensayo recuperado de Salon, donde por alguna razón —sobre la que a Thomas Pynchon le gustaría (o no) escribir una novela llena de conspiraciones dentro de conspiraciones y personajes con nombres que él juzga babosos pero nosotros geniales— ya no se puede leer el artículo original.

Thomas Pynchon

(Traducción de Eliud Delgado)