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Las piedras rodantes no hacen musgo, Rolling Stones, México, #Culturaquemadura

Las piedras rodantes no hacen musgo

A propósito de sus recientes conciertos en la Ciudad de México, presentamos un recorrido cultural por la carrera de los Rolling Stones, cuya vital longevidad parece confirmar una creencia que se ha venido repitiendo desde la Roma antigua hasta las teorías de Jung El nombre es destino.

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¿Qué tan lejos se puede llegar? Borges alegaba que la meta era el olvido: la obra que trasciende al autor para incrustarse en la memoria colectiva. Versos de Campoamor y Lorca (por mencionar dos célebres anónimos de nuestra lengua) son citados todos los días sin que los hablantes reparen en fuentes o añadiduras.

En la música, el olvido y la permanencia se han aliado a lo largo de la historia con resultados cuando menos caprichosos. Pocas anécdotas tan ilustrativas como aquella en donde un joven Felix Mendelssohn acude al carnicero para descubrir que el corte pedido venía envuelto en partituras. Al revisarlas descubre que sólo pueden ser obra de un genio. Vuelve a la carnicería, compra todas las partituras y emprende el inaudito rescate de la obra de nada menos que Johan Sebastian Bach.

La anécdota es tan falsa como encantadora: se basa en el supuesto descaro de los deudos que vendieron los papeles de Bach, como si se tratara de basura, apenas éste murió; cosa muy poco probable al recordar que dos hijos suyos fueron músicos que en su tiempo tuvieron tanta o más notoriedad que el padre. Eso sin tomar en cuenta el medio siglo transcurrido entre la muerte de Bach y el nacimiento de Mendelssohn. Sin embargo, la anécdota es llamativa al ser la exageración de un hecho verídico: acaso Bach no ocuparía su puesto fundamental en el panteón de la música occidental de no ser por la magistral recuperación que emprendió un joven Mendelssohn: Cuando la Pasión según San Mateo fue reestrenada no pocos repararon en una ironía: una de las más increíbles piezas de música cristiana era redescubierta por un judío.

Si la historia de la música de cámara suele ser leída como una encadenación de tragedias griegas (las penurias de Bach, el genio doloroso de Mozart, la sordera de Beethoven), en el siglo XX la épica se impuso como marco idóneo para narrar el heroísmo dentro del rock. Bob Dylan, por ejemplo, tiene por modelo a Orfeo, que habiendo participado en múltiples hazañas (como se ve tanto en las Argonáuticas de Apolonio de Rodas como en las anónimas Argonáuticas órficas), es más bien recordado por una historia específica contada por Ovidio: el descenso al infierno para recuperar el alma de Eurídice. En concordancia con Orfeo, Dylan se ha empeñado en seguir lanzando canciones de prodigio a pesar de haber escrito la mejor canción de todos los tiempos: “Like a Rolling Stone”,  que es, a su vez, la crónica de alguien que, desde las alturas del lujo y la frivolidad, desciende hacia la pobreza y el nomadismo.

Puede que la épica más notoria recaiga en el insoslayable cuarteto de Liverpool: los Beatles representan la proeza fulminante y circular: cumplidos los trabajos, como Ulises, no queda más que volver a casa, aunque sea por un camino sinuoso: “Get Back” cantaba Paul McCartney para despedirse. Los Beatles refundaron la noción de que lo más lejos que puede llegar un artista es a sus propias raíces, como consta en la depuración estilística de Abbey Road y Let it Be… Naked.

Ciertamente la disolución de una banda, como la muerte, ahorra a los implicados penosas situaciones que manchan o desmienten su leyenda: sacar discos terribles, enfrentar recintos a medio cupo, convertirse eventualmente en parodias de sí mismos; mostrase, en fin, como los simples mortales que tuvieron la extraña suerte de componer temas imposibles. A la distancia, los Beatles, como Rulfo, parecen impecables por la sencilla razón de que se separaron antes de cometer en conjunto humanos errores.

De ahí que los Rolling Stones provoquen urticaria hagiográfica. Pasadas las glorias sesenteras, durante años fueron motivo de burla: aunque Freud hubiera apoyado que Mick Jagger siga cantando “Satisfaction” a los 72 años, durante los ochenta y los noventa los Stones representaron el pornográfico espectáculo, como diría Francisco Tario, de la risa que ocurre a destiempo. Los discos lamentables que publicaron en esos días sólo abonaban la penosa situación de ver a una bola de cuarentones cantando canciones que compusieron en su juventud, ¡canciones que compusieron incluso dormidos!: A diferencia de Coleridge que no tuvo oportunidad de recordar fielmente “Kubla Khan”, Keith Richards despertó una madrugada solamente para tocar vagas escalas de blues ante una grabadora portátil. A la mañana siguiente tenía el riff inicial de “Satisfaction” seguido de hora y media de ronquidos. Si bien el nacimiento de “Satisfaction” eclipsa parcialmente la rosa de Coleridge, acaso como castigo divino, los Rolling Stones se verían condenados a tocar por siempre una canción tan buena que sólo fue posible en sueños.

Como bien apuntó Juan Villoro en su momento, súbitamente los Stones dejaron de ser un show penoso para convertirse en un acto heroico. Cuando uno los ve sobre el escenario lo primero que pasa por la mente es una duda que debería preocupar a los científicos: ¿cómo es posible que sigan de pie? La proeza es recordada en forma de noticia burlona cada que un músico importante muere: “Keith Richards es encontrado vivo en una habitación de hotel”. Ciertamente, cuando a Richards le preguntan si se ha convertido al veganismo o al yoga nunca duda en responder: “¡Toco con los Stones! ¡Qué más ejercicio podría requerir!” Eso no impide que entre canción y canción Jagger y Richards desaparezcan del escenario con un sigilo que antes se habría achacado a una línea de coca tras bambalinas y que ahora más bien se relaciona con tanques de oxígeno y mascarillas.

¿Qué tan satisfactorio puede ser tocar en los Rolling Stones? Después de cierto punto, salir de gira  deja de ser una cuestión monetaria: los Stones facturan al año todo el dinero que no podrán gastar en toda una vida. Richards alega que tocar es una droga. Desde el punto de vista estrictamente geriátrico, el empeño de los Stones tiene que ver más con los ancianos vigorosos que mueren o quedan postrados apenas se jubilan. No deja de ser paradójico que en la música, el arte efímero por excelencia, recaigan las propiedades de una pócima para la inmortalidad: los Rolling Stones no viven para tocar; siguen vivos porque siguen tocando.

En plan épico, su afán los emparenta con Eneas, un escapista de la desgracia llamado a fundar un imperio: Los Stones sobrevivieron a los convulsos sesenta, a los Beatles, a sus embarazosos años ochenta. Cuando todos sus integrante superan los 70 años, los Stones aún parecen  imparables. Sin duda, el evento que los curtió para llevarlos por el camino de la persistencia fue la muerte de Brian Jones. En esos tiempos Jagger juraba que los Rolling Stones no sobrevivirían más de dos o tres años. La muerte del guitarrista, ahogado en su alberca (y de paso fundó el trágico club de los 27), fue interpretada como una señal: moverse o morir.

Mientras Borges creía en el anonimato como una meta, donde la obra trasciende al propio autor, los Stones parecen tener, contra todo pronóstico, deseos más terrenales: Que la obra constante mantenga vivo al propio creador, no como una vaga promesa de gloria póstuma, sino como un incontrovertible hecho biológico que, insisto, debería ser examinado por científicos. Los envidiosos dirán que tienen trato con el Diablo. Los extremistas, como un profesor que tuve en un colegio católico, dirán que la evidencia está, por supuesto, en “Sympathy for the Devil”, canción compuesta tras la lectura de El maestro y Margarita de Bulgákov.

Lo cierto es que el trato sobrenatural que parece mantenerlos de pie también irradia su magia hacia los espectadores: Ver a los Rolling Stones en vivo no sólo es una muy cara forma de contemplar un pedazo de historia del siglo XX; también es una forma de experimentar la música en su forma clínica. Stendhal sufrió un avasallante paroxismo cuando visitó la Basílica de la Santa Cruz en Florencia. Desde entonces el “Síndrome de Stendhal” se refiere a los diversos ataques psicosomáticos (mareos, palpitaciones, alucinaciones, vértigo) que puede sufrir el espectador de una obra de arte. Podría alegarse que las chicas enfebrecidas por los Beatles sufrieron dicho síndrome. Sin embargo, las chicas de la beatlemanía morían, sobre todo, al ver a los Beatles, no necesariamente al escucharlos: más de una grabación de sus conciertos deja ver que el barullo atroz descendía con el paso de las canciones.

En cualquier caso, y sin desacreditar la euforia de la beatlemanía, muchos abandonamos el Foro Sol como Stendhal dejó una iglesia florentina. Ver salir a los Stones sobre el escenario no fue más que el feliz término de la espera. Únicamente hasta el tercer tema, “Tumbling Dice”, como sólo pudo ocurrirme antes con dos o tres artistas, fui presa de un vértigo bienhechor. En su momento muchos creyeron que la grabación del audio mataría la importancia de los actos en vivo. Con las décadas fue más que evidente que las grabaciones sólo han servido para recalcar la importancia de lo que sólo puede ocurrir en directo. Al escuchar “You Can’t Always Get What You Want” en vivo uno se siente capaz de corregirle la plana a Borges: la meta es este instante.

Del saxum volutum a los Rolling Stones

Los Rolling Stones, que en la calle deben parecer una bola de ancianos estrafalarios, parecen ganar minutos extras cuando sostienen sus instrumentos: son un mero instrumento de un encanto más grande: que tus mejores canciones hayan sido compuestas en sueños, lejos de encumbrarte, sólo reafirma tu personal insignificancia.

En ese sentido, la muerte de Jones representó una lección que devendría en una insospechada épica. Caprichoso como sólo puede serlo el destino, fue el mismo Jones quien bautizó a los Rolling Stones; su fuente fue la formidable pieza de Muddy Waters, “Rollin’ Stone”, la misma fuente donde Dylan encontraría el título para la mejor canción de todos los tiempos (que, por cierto, ha sido interpretada con tino por los Stones).

Waters, el Mendelssohn de esta historia, se basó en un dicho inglés: “rolling stones don’t grow moss”: las piedras rodantes no cogen musgo. Ignoro si sea casualidad, pero esas dos palabras, “piedras rodantes”, las más potentes que nos ha legado el rock, tienen su origen en una fuente de rebeldía, aparentemente anónima (otra vez Borges tuvo razón), tan influyente en la expresión de la disidencia como sólo lo han logrado Baudelaire, Cervantes, Safo y Ovidio: Erasmo de Rotterdam. El autor del Elogio de la locura tuvo a bien compilar desde joven diversas máximas grecolatinas; catálogo infinito, la redacción de los Adagios no terminó sino hasta su muerte. Ahí se puede encontrar la siguiente sentencia atribuida a Publio Sirio: saxum volutum non obducitur musco: las piedras rodantes no hacen musgo.

¿Qué tan lejos se puede llegar? Depende de dónde se empiece a registrar el viaje: tan lejos como unos chicos londinenses que cincuenta años después llenan estadios alrededor del mundo; tan lejos como una frase de hace dos mil años que predica con el ejemplo; una frase que, de paso, invita a reformular la pregunta inicial: ¿Tiene caso llegar a alguna parte? ¿Tiene caso estar satisfecho?: ahí radica la auténtica épica que simbolizan los Rolling Stones: importa el viaje, no la meta: importa el deseo, no su satisfacción: saxum volutum.

Eduardo de Gortari