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Venus de Milo

¿Quién es quién en el Olimpo? Tercera parte: Afrodita la más bella de todas

Continuamos con las historias de los antiguos dioses y llega el turno de la más bella del Olimpo, la seductora señora del amor y las pasiones, capaz de manipular hasta los mismos dioses: Afrodita o Venus, reina de las pasiones y emperatriz del erotismo.

Venus de Milo

De todas las diosas, Afrodita es la única que mantiene una amplia actividad sexual, nada reprimida y con cero inhibiciones, esta adorable deidad puso de cabeza al mundo entero y provocó, junto con Helena, la Guerra de Troya.

Su nacimiento es harto curioso, pues ella nació antes que los olímpicos, cuando el titán Cronos o Saturno castra a su padre, Urano, arrojando los maltrechos testículos al océano los cuales, al sumergirse en el líquido crean una espuma de donde surge una enorme venera (concha marina) y nace Afrodita, de ahí que a toda enfermedad de transmisión sexual se le denomine venérea en honor a esta peculiar forma que dio vida a la diosa de la sexualidad.

El nacimiento de Venus,  de Botticelli
El nacimiento de Venus, de Botticelli

Hesíodo nos dice que las horas y los vientos fueron al encuentro de la señora del amor cuando ésta surgió de los mares. Posteriormente, de algún lugar, obtuvo un cinturón donde cuelgan todas las pasiones, desde las más sublimes hasta las más perversas y ninguna criatura escapa a sus encantos, tal vez las únicas inmunes a sus poderes sean Hestia o Vesta, Artemisa o Diana y Atenea o Minerva.

Sin embargo, su epíteto de “La Más Bella del Olimpo” lo obtuvo en las bodas del héroe Peleo con la titánide Thétis, de las que ya hablaremos en otra ocasión, baste decir por ahora que al banquete fueron invitados todos los dioses y hombres, sólo Éride (la Discordia) no fue invitada al banquete, quien recelosa y resentida tomó la forma de una anciana mendiga para hacerse presente en la festividad y pedir las sobras de comida; una vez en la mesa del banquete engulló todo lo posible y colocó una manzana dorada, proveniente del Jardín de las Hespérides, que llevaba grabada la siguiente leyenda: Para la diosa más bella.

Afrodita con la manzana de la discordia
Afrodita con la manzana de la discordia

Obviamente todas las señoras del Olimpo sintieron personales dichas palabras y tras una dura prueba las finalistas fueron: Hera o Juno, Atenea o Minerva y Afrodita o Venus. Zeus, hábilmente, decidió que el más indicado para otorgar el premio era un mortal, así encomendó a Hermes o Mercurio que llevara a las tres finalistas del concurso Miss Olimpo ante un humilde varón para otorgar la codiciada manzana.

El pobre desafortunado fue el pastor Paris, el cual, al estilo Benito Juárez, era un pobre pastor de ovejas muy bueno y lleno de virtudes, aunque considerablemente más agraciado que nuestro difunto presidente liberal. Lógicamente al principio rechazó la oferta pero decir no al Olimpo es sinónimo de desgracias, así pues el joven tuvo que fungir como juez del primer concurso de belleza femenino del Mediterráneo y Asociados S. A. de C. V. Hera le ofreció a Paris el dominio absoluto sobre el Asia Menor si la consideraba ganadora; en cambio Atenea le ofertó la victoria eterna sobre cada batalla que librara y lo alzaría a la fama mundial como gran conquistador; en cambio Afrodita, sin imperios ni victorias que otorgar, puso en la mesa lo único de lo que era capaz de dominar: se desnudó lentamente y con seductora sonrisa ofreció al joven a la mortal más bella para que lo amara eternamente y como Paris contaba con tan sólo unos catorce años de edad, por lógica hormonal adolescente ganó Afrodita, esta afrenta jamás sería olvidada por Atenea y Hera quienes juraron no descansar hasta ver destruida la patria del joven juez, la cual, curiosamente, se trataba de la mismísima Troya.

El juicio de Paris, de Paul Rubens
El juicio de Paris, de Paul Rubens

Pero con todo y este título máximo de eterna belleza, no salvó a la desdichada Afrodita de casarse con el dios más feo del Olimpo, Hefesto o Vulcano, quien la pidió en matrimonio a cambio de libera a la señora del Olimpo de una de sus temibles trampas, sin embargo, la diosa pagó a su marido con un sinnúmero de infidelidades entre los que destaca Hermes con quien concibió un hermoso hijo: Hermafrodito, el cual era capaz de seducir hombres y mujeres por igual, hasta que un día el bello varón fue atrapado por una ninfa quien no lo soltó hasta que sus cuerpos quedaron fusionados en uno sólo, de ahí el término para designar a quienes poseen los dos sexos o para las criaturas, como las ranas, capaces de cambiar de sexo según la necesidad.

Continuando con los amores de la diosa, también se le atribuye a Hermes la paternidad de Eros o Cupido, el dios del amor, ese que cada 14 de febrero es representado como un niño nalgón y cachetón portador de un arco y una flecha en forma de corazón, sin embargo Eros realmente se le representó en Grecia como un grácil joven adolescente, pero si Afrodita es la diosa del amor, como suegra es la emperatriz del odio y de ello puede dar cuenta su nuera Psique quien osó posar sus ojos en el bello vástago de la diosa más bella, por lo cual sufrió los temibles castigos de su adorable mami suegra, pero eso será otra historia que contaremos en otra ocasión.

Para saber más puedes consultar:

GUIRAND, F., Mitología General, Editorial Labor, Barcelona, 1960 GRAVES, Robert, Los mitos griegos.

Artículo publicado originalmente en Caracteres

Darío Rebollar

@DarioRebollar