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Madoc: la leyenda del galés que conquistó México

Madoc, príncipe de Gales y, en un universo alterno, descubridor de América y conquistador de México.

Un 16 de septiembre, pero de 1400, Owain Glyndŵr fue coronado Príncipe de Gales. Fue la última persona en ostentar ese título y ser, en efecto, nativo del país al suroeste de Gran Bretaña que actualmente forma parte del Reino Unido junto con Escocia, Inglaterra e Irlanda del Norte. Al igual que hiciera Miguel Hidalgo, al otro lado del océano Atlántico 410 años después, Glyndŵr llamó a una revuelta popular para liberar a su país del dominio extranjero, en ese caso la Inglaterra del rey Enrique IV. El levantamiento de Owain Glyndŵr encontró la derrota tras poco más de una década y en 1412 el último Tywysog Cymru (líder de los galeses) desapareció sin dejar rastro. Owain Glyndŵr nunca fue capturado por los conquistadores ingleses, ni traicionado por su pueblo, pero tampoco visto de nuevo por nadie. 

Glyndŵr se convirtió en leyenda. Aparece en las dos partes de la obra Enrique IV de William Shakespeare con el nombre, más inglés, Owen Glendower y se le atribuyeron características mágicas y exóticas. En una reciente adaptación de la primera parte de Enrique IV, montada por la Compañía Nacional de Teatro, los diálogos en galés de Glendower fueron adaptados al náhuatl para lograr así un nuevo juego de equivalencias que recuerda las coincidencias entre los lejanos países. La adaptación de Enrique IV se presentó en The New Globe (la replica moderna del teatro de Shakespeare) en Londres representando a México dentro del programa cultural de los Juegos Olímpicos de 2012, además de temporadas gratuitas en diversos sitios que incluyeron el Zócalo de la capital del país.

Owain Glyndŵr

Antes de que el título de Príncipe de Gales pasara a ser el distintivo de los herederos al trono de Inglaterra, Owain Glyndŵr no fue el único de los originales líderes galeses en desaparecer de manera misteriosa y reaparecer después como personaje de ficción. Al rededor del año 1170 Madoc, hijo de Owain Gwynedd, primer Príncipe de Gales, zarpó de las costas británicas mientras huía de disputas políticas tras la muerte de su padre. Si bien en la actualidad se considera que Madoc era en el mejor de los casos un hijo ilegitimo —con mayor probabilidad ficticio— de Owain Gwynedd, la leyenda cuenta que el príncipe desheredado descubrió una tierra lejana y fértil en abundancia. Luego de su descubrimiento, se narra que Madoc volvió a Gales para reclutar un centenar de hombres, mujeres y niños y así fundar una colonia en el continente que aún nadie llamaba América.

Enrique IV de Inglaterra
Enrique IV de Inglaterra

Los diversos relatos del descubrimiento de Madoc afirman que desembarcó en algún lugar del Golfo de México y luego llegó tan al norte como las actuales regiones de Florida y el medio oeste de Estados Unidos. De manera conveniente, dichas narraciones se volvieron populares en Inglaterra durante el reinado de Isabel I, a finales del siglo XVI, justo cuando la monarca inglesa recurría a todo lo posible, desde las leyendas hasta la invención de los piratas, para quedarse con una tajada de las riquezas del continente descubierto apenas un siglo antes con patrocinio de la corona española. La difusión de la historia de Madoc resultaba conveniente, pues probaba que los ingleses (bueno, los galeses ya entonces asimilados por la corona inglesa) habían llegado antes a América y tenían derecho a reclamar las nuevas tierras. Con el fin de que no quedaran dudas al respecto, John Dee, astrólogo personal y consejero de Isabel I, contribuyó con una de las mayores pruebas de legitimidad disponibles en el renacimiento: conectar a Madoc, vía genealogía creativa, con Bruto de Britania —a su vez ancestro del mitológico Rey Arturo— quien era, de acuerdo a la Historia Regum Britanniæ de Geoffrey de Monmouth, fundador de Gran Bretaña y bisnieto de Eneas de Troya, por lo que estaba emparentado con Romulo y Remo, según la leyenda fundadores de Roma.

Los registros escritos de la historia de Madoc son todos, curiosamente, posteriores al viaje de Cristobal Colón en 1492. Pero Madoc, al igual que su lejano sucesor Owain Glyndŵr, se convertiría en protagonista de leyendas que serían repetidas una y otra vez. De entre ellas destaca el poema épico Madoc que escribiera Robert Southey en 1805, justo mientras las conspiraciones que terminarían en la independencia de México estaban por fraguarse. Dividido en dos partes, “Madoc en Gales” y “Madoc en Aztlán”, el poema con el que Southey aspiraba a igualar la obra de Virgilio y de John Milton narra el encuentro entre Madoc y, en palabras de Southey, “una tribu americana” que “se convirtió en un pueblo poderoso y fundaría el Imperio Mexicano”: los aztecas (así los llama, en español, el que llegaría a ser poeta laureado de Inglaterra).  Madoc cuenta de un primer encuentro amistoso entre los mexicas y galeses, seguido de una campaña de evangelización dirigida por el príncipe navegante para terminar con los sacrificios humanos mediante los cuales el pueblo azteca mantiene subyugadas a sus tribus vecinas.

Robert Southey, el poeta que soñaba con la conquista de México mientras se hacían conspiraciones en la Nueva España
Bad luck Robert Southey: escribe un poema donde un galés conquista los aztecas, Hidalgo ya está conspirando la independencia de México.

En la segunda parte del poema publicado en 1807, Southey le atribuye a Madoc características de Quetzalcoatl, cuenta el regreso —acompañado de un centenar de colonos— del príncipe galés a Aztlán, donde descubre que los aztecas han vuelto a practicar sacrificios humanos, lo que provoca una guerra de la que sale victorioso el invasor británico. La guerra que narra Southey calca de manera libre algunos de los acontecimientos de la conquista de Tenochtitlán, como la destrucción de los templos para la construcción de una nueva ciudad por parte de los colonizadores europeos o algunos elementos religiosos que condena la superstición.

La obsesión de Robert Southey por eliminar de la sociedad la superstición (representada en el poema por los sacrificios humanos de los aztecas), era sólo una de las ideas que proyectó en su poema protagonizado por el legendario navegante y príncipe galés. La otra era una ideología personal que denominaba pantisocracia (de raíz griega, significa el gobierno de todos), inspirada por La república de Platón y Utopía de Tomás Moro. La intención de Southey era ante todo narrar cómo Madoc fundaba una nueva nación que funcionaría bajo su ideología de pantisocracia donde todos los miembros de la sociedad tendrían la misma autoridad. Los conflictos por imponer la voluntad de una persona sobre las demás son lo que lleva al Madoc de Southey a huir hacia el mar y posteriormente se convierten en la principal causa de conflicto con los aztecas, quienes —según el poeta inglés— la imponen mediante sacrificios humanos.

Southey estaba convencido de la existencia de Madoc, incluso había planeado viajar a Norteamérica, siguiendo la ruta mítica del príncipe hasta el medio oeste de Estados Unidos, para fundar ahí una comuna pantisocrática, proyecto en el cual contó con el apoyo del también poeta Samuel Taylor Coleridge pero que jamás se concretó. Aunque Southey suscribía la teoría de que algunos pueblos originarios de Estados Unidos eran descendientes de los colonos galeses de Madoc, había otras cosas en las que no estaba del todo errado. La verdadera conquista de México no estuvo exenta de visiones utópicas como la de Vasco de Quiroga, quién inspirado por Tomás Moro fundó comunidades idealistas en Santa Fe (que actualmente forma parte de la Ciudad de México) y Michoacán. La visión utópica de Vasco de Quiroga también ha llegado a la literatura al ser una parte, no muy extensa pero sí clave, de la novela Muerte súbita de Álvaro Enrigue. Más allá de la propaganda de la reina Isabel I de Inglaterra (que para el siglo XIX ya era anécdota histórica), el Madoc de Southey poene en relieve la idea de un conquistador con buenas intenciones, que el encuentro entre europeos y americanos podía producir —además de sangre— un nuevo inicio para ambos. Si Southey hubiera puesto un pie en la Nueva España de su época hubiera sabido que habían existido soñadores utópicos iguales a  Madoc, pero tan reales como Vasco de Quiroga, y que ni eso evitó que tres siglos después fuera claro que la utopía había fallado.

Vasco de Quiroga, más utópico que la ficción
Vasco de Quiroga, más utópico que la ficción

Southey no sabía que mientras imaginaba cómo hubiera sido la conquista de México por parte de Madoc, quien terminaba arrasando no Tenochtitlán sino Aztlán, el virreinato de la Nueva España hervía de conspiraciones que engendrarían levantamientos armados y culminarían en la creación de un nuevo país del mismo nombre con el cual el poeta laureado de Inglaterra se refería al imperio de los aztecas: México. Robert Southey, cuyas contradicciones políticas serían el objeto de la burla de Lord Byron, atinó en cambio en vislumbrar la mala suerte de la monarquía como forma de gobierno en México. Los emperadores de este país —Agustín de Iturbide, de 1822 a 1823, y Maximiliano de Habsburgo, de 1863 a 1867— ostentaron el título sin consolidar su forma de gobierno y terminaron siendo poco más que una curiosidad histórica, al igual que el ficticio príncipe navegante galés Madoc, quien en el poema de Southey fundó un imperio utópico en México. La ironía no dejaba de perseguir a Robert Southey: durante sus años de mayor fama —hace exactamente dos siglos— el poema del que estaba más orgulloso era sobre la conquista de un país que entonces atravesaba su guerra de independencia.

Eliud Delgado (@_eliud)