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Entre lienzos y bandidos: La sonrisa que separó a Picasso y Apollinaire, #culturaquemadura

Entre lienzos y bandidos: La sonrisa que separó a Picasso y Apollinaire

Dos amigos se reúnen. Esta vez, ambos artistas, no van a compartir una comida o una botella de vino mientras hablan sobre el último cuadro de aquel que es pintor o el libro más reciente del escritor. La policía de París los detuvo para que declararan sobre el robo de La Gioconda, de Leonardo Da Vinci, que desapareció del Museo de Louvre el 21 de agosto de 1911. Pablo Picasso y Guillaume Apollinaire son los principales sospechosos luego de las pesquisas iniciales. No será fácil para los aún jóvenes creadores convencer a las autoridades de su inocencia, pues en cuanto supieron del robo hicieron llegar al museo unas esculturas ibéricas —de las cuales los dos sabían el origen ilícito— extraídas del famoso recinto parisino. La policía francesa interrogó a Apollinaire y luego llamó a Picasso para hacerlos declarar en conjunto sobre el que pasaría a la historia como uno de los robos de arte más famosos del siglo XX. El interrogatorio marcaría la amistad de Picasso y Apollinaire pero no resolvería el misterio sobre el paradero de la pintura realizada por Da Vinci entre 1503 y 1519. El episodio, lleno de enredos, también tendría una influencia en la carrera de Picasso y en el desarrollo del cubismo, en específico de una de las pinturas más famosas de la corriente artística creada por el pintor malagueño.

Boceto de retrato de Guillaume Apollinaire, Picasso (1918)
Boceto de retrato de Guillaume Apollinaire, Picasso (1916)

Aquella mañana de septiembre de 1911, cuando las autoridades preguntaron a Pablo Ruíz Picasso cuál era su relación con Wilhelm Kostrowicki —mejor conocido por su seudónimos literario Guillaume Apollinaire— el español aseguró que jamás lo había visto ni lo conocía. Por su puesto, Picasso mentía. Apollinaire no sólo era parte del circulo de artistas de diversas disciplinas que el entonces joven pintor español frecuentaba en París, era también uno de sus mejores amigos cuando ambos rondaban la treintena de años. Picasso era conocido por el entonces naciente cubismo, que iba en contra de todos los preceptos clásicos y académicos de la pintura. Por su parte, Apollinaire era, además de escritor, un conocido crítico de arte que en alguna ocasión llegó a declarar “todos los museos deberían ser destruidos porque paralizan la imaginación” y siempre apoyaba de manera pública las ideas vanguardistas de su amigo pintor. Ambos eran los principales sospechosos del robo de la Mona Lisa, quizá con un móvil de incendiaria naturaleza estética.

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Guillaume Apollinaire, nacido en Roma en 1880, era de ascendencia polaca por vía materna, pero de manera oficial ostentaba la nacionalidad rusa a pesar de que creció principalmente en Francia. Al igual que Picasso, Apollinaire temía ser deportado cuando la policía lo detuvo para interrogarlo sobre los robos de arte al Museo de Louvre. Honoré Joseph Géry Pieret, amigo de ambos y durante algún tiempo secretario del autor de Alcoholes, había robado unas esculturas ibéricas de la sala fenicia del Museo de Louvre. En 1907 Picasso, muy probablemente con consciencia del origen de las piezas, le compró a Pieret las esculturas que luego inspirarían su cuadro Las señoritas de Avignon.

Las señoritas de Avignon, Picasso (1907)
Las señoritas de Avignon, Picasso (1907)

Cuando la policía interrogó a Apollinaire, el escritor confesó sus conexiones con Pieret y que el singular personaje de origen belga le había vendido algunas esculturas robadas a Picasso. La policía francesa entonces elaboró la teoría de una banda internacional de ladrones de arte. Pieret también fue detenido y confesó el robo de las esculturas, pero no tardó en ser liberado debido a que las piezas fueron devueltas, tras lo cual se perdió en el anonimato para siempre.

Estatua ibérica del periodo romano, como las que Picasso usó para crear Las señoritas de Avignon
Estatua ibérica del periodo romano, como las que Picasso usó para crear Las señoritas de Avignon

Picasso había decidido devolver las esculturas en cuanto supo la noticia del robo de la Mona Lisa. Si bien la devolución, en la que colaboró Apollinaire, se realizó de manera anónima, fue precisamente ese acto lo que puso en evidencia a la supuesta banda internacional de ladrones de arte. Picasso salió libre luego de negar cualquier vínculo con Apollinaire, y por lo tanto con Pieret, pero el poeta no contó con la misma suerte y estuvo encarcelado por varios días hasta que las autoridades lo exoneraron por falta de pruebas. En su momento los círculos intelectuales de Montparnasse y Montmartre —que incluían a personajes com Gertrude Stein, Max Jacob, Marie Laurencin o André Breton— mostraron su apoyo para probar la integridad moral del autor de la novela Las once mil vergas. Por su parte, Picasso se mantuvo al margen y eso significó un distanciamiento entre ambos creadores, cuya amistad jamás volvió a ser la misma tras aquel episodio. Apollinaire consideraba que Picasso lo había traicionado con tal de evitar el escarnio público de ir a la cárcel o una posible deportación. Picasso se convirtió en uno de los pintores más influyentes del siglo pasado gracias al cubismo, corriente de la que Las señoritas de Avignon  es una de las obras más representativas. Por su parte, Apollinaire sería también uno de los poetas más trascendentes de las vanguardias, sobre todo gracias a sus libros Alcoholes (París,1913) —cuya primera edición ilustró el propio Picasso— y Caligramas (París, 1918), publicado poco después de su prematuro fallecimiento debido a complicaciones de una infección de influenza española y las heridas que recibió luego de pelear por Francia durante la Primera Guerra Mundial.

Boceto de un retrata de Guillaume Apollinaire, Jean Metzinger (1911)
Boceto de un retrata de Guillaume Apollinaire, Jean Metzinger (1911)

Mientras tanto, Vincenzo Peruggia, un carpintero italiano que había trabajado para el Museo de Louvre, aún tenía en su poder La Gioconda. El famoso retrato de Lisa Gherardini, esposa del comerciante Francesco Bartolomeo de Giocondo, fue recuperada en 1913 cuando Peruggia intentó venderlo a la Galleria degli Uffizi de Florencia. El ladrón confesó que su intención era patriótica, pues quería devolver el cuadro a Italia. Existen otras teorías sobre los motivos del robo, algunas de las cuales incluyen un plan para realizar copias de la Mona Lisa y venderlas en cantidades que hubieran hecho millonario a Peruggia o a un supuesto autor intelectual del hurto. El argumento de las motivaciones nacionalistas logró que el autor material del entonces llamado robo del siglo fuera condenado tan sólo a un año de prisión por las autoridades italianas. A partir del robo, La Gioconda se volvió una pintura famosa más allá de los círculos académicos y artísticos. El Museo de Louvre recibió una enorme cantidad de visitantes para ver el espacio vacío donde se debía exhibir el retrato durante los dos años que estuvo perdido. A partir del episodio la seguridad del museo mejoraría y en la actualidad la Mona Lisa se exhibe tras un cristal a prueba de balas, rodeada de detectores de movimiento. De manera paradójica, fue gracias al robo de Peruggia que la obra de Leonardo Da Vinci se convirtió en  icono cultural de París y del Louvre.

Boceto de autorretrato de Picasso (1911)
Boceto para autorretrato de Picasso (1911)

De vuelta a París, Picasso guardaba con recelo el cuadro que pintó inspirado por las esculturas robadas del Museo de Louvre. Las señoritas de Avignon dividía opiniones, por una parte Gertrude Stein o el también fundador del cubismo Georges Braque reconocían la calidad de la pintura mientras que otros, como Henri Matisse —rival de Picasso— la consideraban una pieza ridícula. Debido en parte a los malos comentarios, o quizá a que deseaba olvidar el episodio en que fue acusado de complicidad en crímenes de arte, Picasso no expuso la revolucionaria pintura hasta 1916 y luego la guardó de nuevo hasta la siguiente década, cuando volvió a las galerías luego de ser vendida a Jacques Doucet. En 1939, el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York compraría el fruto de la inspiración de las esculturas ibéricas en 28 mil dólares. ¿Será que Picasso recordó los enredos en que se metió durante esa serie de robos al Museo de Louvre cuando pronunció su popular frase “Los grandes artistas copian, los genios roban”?

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Eliud Delgado