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Svetlana Alexievich: el Nobel a la crónica

Svetlana Alexievich: el Nobel a la crónica

Svetlana Alexievich: el Nobel a la crónica #culturaquemadura

El Premio Nobel de Literatura este año es para Svetlana Alexievich y resulta peculiar en muchos sentidos. Por una parte, es la primera ocasión en 28 años que se galardona a la literatura en lengua rusa —la vez anterior fue Joseph Brodsky en 1987— y se trata apenas de la decimocuarta mujer en recibir la distinción literaria más famosa del mundo. El honor concedido por la Academia Sueca a la periodista bielorrusa reconoce a un género muchas ocasiones relegado en comparación a la novela, el cuento, la dramaturgia o la poesía, pues la destreza literaria de Alexievich reside en el terreno de la crónica.

De la escritora bielorrusa sólo se encuentra disponible en traducción al español su libro Voces de Chernóbil, publicado por Editorial Siglo XXI en 2006, donde la autora reúne testimonios de los damnificados tras el desastre de la planta nuclear soviética en 1986. Desde sus primeras páginas la crónica de Alexievich ejemplifica el dictamen emitido esta mañana, mediante el cual se le concede el Premio Nobel de Literatura “por su escritura polifónica, un monumento al sufrimiento y coraje de nuestro tiempo”.

Svetlana Alexievich: el Nobel a la crónica #culturaquemadura

Una de las primeras reacciones generalizadas en torno al fallo de la Academia Sueca fue señalar que, al conceder el Premio Nobel a Svetlana Alexievich, este año se reconoció a una vertiente literaria del periodismo. Resultaría más exacto, y no por ello menos digno de celebrarse, decir que se premió a la crónica. Como género literario, la crónica precede al periodismo por milenios y ha tenido una evolución interesante de mediados del siglo XX hasta la fecha.

Incluso dede el Renacimiento el género literario preferido por Svetlana Alexievich jugó un papel determinante en el descubrimiento del continente americano. Exploradores y conquistadores como Cristobal Colón o Hernán Cortés fueron también cronistas a los que se suman autores como Bernardino de Sahagún o Francisco López de Gómara. Fue a través de la crónica que en Europa se tenían noticias del Nuevo Mundo y gran parte de lo que sabemos en la actualidad sobre esas primeras exploraciones de América es gracias al trabajo de cronistas, que contrario los estereotipos que le achaca el periodismo no requiere de una supuesta objetividad y tiene un gran valor literario.

Truman Capote, colega cronista de Svetlana Alexievich
Truman Capote, al igual que Svetlana Alexievich, desdibujó los límites entre la crónica periodística y la ficción

Una digna antecesora de Svetlana Alexievich fue la inglesa Aphra Behn, autora de Oroonoko or The Royal Slav (1688), una crónica en parte verídica y en parte ficción sobre viajes por África y el sur de América, que constituye el primer testimonio crítico sobre la escalofriante industria del esclavismo. En fechas mucho más cercanas Truman Capote reinventó la tradición de novelar la crónica en A sangre fría (1966), mientras que Hunter S. Thompson fundó el periodismo gonzo (para el cual la subjetividad no es un defecto) con sus peculiares crónicas que luego también mezcló con la novela en su libro Miedo y Asco en Las Vegas (1971).

Por supuesto, también cabe mencionar a Tom Wolfe, pues el autor de crónicas como Ponche de ácido lisérgico (1968) es considerado el padre del Nuevo Periodismo. A medio caballo entre la novela y la crónica continúan con la tradición testimonial en lengua inglesa, cada uno en su estilo particular, Chuck Klosterman, el canadiense Douglas Coupland y Dave Eggers. A Tom Wolfe lo precede el autor argentino Rodolfo Walsh, quien en su libro Operación masacre (1957) reúne la recreación ficcionalizada de hechos reales con la crónica para denunciar los abusos de la dictadura argentina de los cincuenta.

Juan Villoro
Juan Villoro, para quien la crónica es un “ornitorrinco de la prosa”

En Latinoamérica la crónica nunca ha perdido su valor literario y son numerosos los autores que han recurrido a este género. Tanto el brasileño Joaquim Machado de Assis como el nicaragüense Ruben Darío fueron, además de reconocidos poetas, sendos cronistas. En México, Salvador Novo practicó la crónica con amplitud desde sus vertientes más históricas y periodísticas hasta el descaro de libros como Las Locas, el sexo, los burdeles. Carlos Monsiváis continuó con la tradición y fue ante todo el gran cronista mexicano de las décadas recientes. A la lista de los cultivadores latinoamericanos de lo que Juan Villoro define como “el ornitorrinco de la prosa” habría que añadir —además de al propio autor de Hay vida en la Tierra— a Martín Caparrós, Leila Guerreiro, Fabrizio Mejía Madrid y Fernanda Melchor entre otros cronistas que valdría la pena leer mientras esperamos a que lleguen las traducciones de la hoy laureada Svetlana Alexievich.

Eliud Delgado