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The Walking Dead: Los dos lados de la cerca

Cuenta la leyenda que en una lejana tarde de 1969 los integrantes del archi-desconocido grupo de blues Polka Tulk salieron de un extenuante ensayo para encontrar, en el cine ubicado en la acera de enfrente, una larguísima fila a la espera de ver una película italiana de terror. En ese momento el vocalista del grupo tuvo una espeluznante epifanía sobre el espectáculo: “la gente paga para que la espanten”. En consecuencia, Polka Tulk decidió darle un giro radical a su sonido: las mismas influencias blues que los distinguían se volvieron la base de canciones capaces de espantar a cualquier escucha. Como homenaje y recordatorio, rebautizaron el grupo con el nombre de aquella película italiana que les abrió los ojos: Black Sabbath

The Walking Dead: Los dos lados de la cerca #culturaquemadura
Póster original de la película Black Sabbath

De la misma forma en que Tony Iommi y Ozzy Osbourne entendieron que el terror sobrenatural es disfrutable cuando se experimenta en la seguridad de una sala de cine, el desastre post-apocalíptico es sumamente atrayente si se presencia desde la aburrida seguridad de nuestra sala. Para nadie es sorpresa que los futuros siniestros que ahora dominan el cine y las series son atractivos porque, además de otorgar adrenalina, permiten cuestionar el presente sin comprometerlo, conocer el desastre sin tener que vivirlo. La sorpresa, acaso, estriba en el auge que han tenido los zombis en años recientes para representar con astucia nuestros temores: Desde 28 Day Later de Danny Boyle hasta World War Z, los muertos vivientes se han vuelto la amenaza predilecta por parecer a veces inevitable: desde las películas de Romero sabemos perfectamente que toda catástrofe zombi se nutre no sólo de los puntos ciegos de una civilización sino, peor aún, de sus principales atractivos: los grandes centros urbanos, la comunicación inmediata, la interdependencia energética y económica.

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Black Sabbath, la banda de heavy metal al inicio de su carrera

Por supuesto, The Walking Dead, tanto en el cómic como en la serie, es un referente imprescindible, en buena medida por los espléndidos homenajes que hace a Romero pero también por ciertas estrategias narrativas que la distinguen del resto de las obras del género.

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Para todos es fácil recordar la primera escena de The Walking Dead: Rick Grimes, un policía sureño, despierta en un hospital vacío luego de un tiroteo que lo deja en coma, en una evidente referencia a 28 Day Later. Aún desorientado, su primer encuentro cabal con la nueva plaga es un zombi sin piernas que extiende sus brazos hacia él desde el piso. En esa corta escena se cifran todas las futuras argucias argumentales de la serie: a diferencia de tantas obras del género, The Walking Dead prefiere concentrarse en los sobrevivientes antes que en la amenaza. En este sentido, si Kirkman fuera un periodista que cubre un huracán, en su crónica tendrían mayor protagonismo los damnificados en lugar de las pérdidas materiales: las voces antes que la numeralia; las historias antes que los hechos duros.

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Robert Kirkman, creador de The Walking Dead

Como bien lo aclaró en el texto que acompaña al primer número del cómic, Kirkman se propuso, ante todo, la humilde tarea de contar meramente la historia de Rick Grimes: a diferencia de, por ejemplo, World War Z, aquí la hecatombe es sólo el paisaje.

Es común alegar que en series como The Walking Dead ejemplifican cómo lo peor del género humano aflora ante la ausencia de civilización, como si uno necesariamente tuviera que prescindir de modales en la mesa sólo porque se come sin compañía. Muy por el contrario, The Walking Dead se ha centrado en los problemas inherentes de la civilización: en un mundo donde todo está por hacerse de nuevo, los vicios de una sociedad se revelan como fallas de origen. La quinta temporada de la serie televisiva, por poner un ejemplo, se centró en diseccionar tres variantes del estado moderno. Terminus, por un lado, se corresponde con el salvajismo de una sociedad que ha perdido la brújula civilizadora y opta por el canibalismo anticipado: sus habitantes confunden la prevención con la depredación, la venganza con la justicia. En el otro extremo, Alexandria se presenta como una sociedad cegada por su propia bonanza, incapaz de enfrentar y comprender los peligros que se encuentran más allá de sus fronteras. Y en medio, el Grady Memorial Hospital se erige como el estado que otorga seguridad a cambio de sumisión, que antes que servicios presta favores; y nunca duda en cobrarlos.

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El elenco de The Walking Dead

A estas alturas, Rick Grimes y los nómadas que lo acompañan son, en todos los casos, elementos de desequilibrio. Al fin y al cabo, las revoluciones no son dirigidas necesariamente por los agraviados sino por los descontentos, aquellos que no están conformes con su lugar en el mundo. ¿Qué es Rick Grimes sino el descastado arquetípico, aquel que atendía una función primordial del estado (un policía) a ser un agente subversivo incapaz de sujetarse nuevamente a las reglas?

Pero los zombis siguen ahí, cada temporada: la masa enceguecida, los que caminan por  una costumbre que trasciende la vida. Grimes lo sabe: comparte propósitos con los caminantes: seguir, sobrevivir: “Nosotros somos los muertos”, confiesa a su familia. No hay atisbo de esperanza en sus palabras; sólo franqueza. Pues admitir la desolación no la remedia, sólo la cristaliza.

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Pero, al final del día, Grimes y los otros han aprendido algunas cosas valiosas en el camino. Así como en The Road de McCarthy las palabras y los nombres se desvanecen hasta llegar al sustrato imprescindible, en The Walking Dead cada palabra importa, cada declaración se pronuncia con la seguridad de que puede ser lo último que se diga. Esta conducta, tan encomiable ante la catástrofe, adquiere un tono peligrosamente cursi si se aplica a nuestro mundo. Sin embargo, eso no significa que carezcamos de zombis. De la misma forma en que algunos aman los viajes porque les recuerdan lo mucho que disfrutan estar en casa, nos gustan los zombis porque nos recuerdan lo mucho que nos gusta la civilización que, el resto del tiempo, nos parece enferma.

Un clásico meme alega que a todos nos regocija imaginar que cuando llegue el apocalipsis zombi estaremos de lado de los sobrevivientes cuando en realidad, muy probablemente, estaremos de lado de los infectados. En este sentido The Walking Dead no es una vaga apología de la vida inmediata (vivir cada día como si fuera el último, decir sólo lo importante, etcétera); muy por el contrario, se limita a cristalizar algunos hechos ineludibles: en esa cerca que divide en el meme a los sobrevivientes de los muertos, siempre estuvimos del otro lado de la cerca, siempre estuvimos con los infectados. Ozzy Osbourne descubrió que nos gusta pagar para que nos espanten. Sin embargo, no imaginó que horror se convertiría en un franco recordatorio: de antemano, estamos con los espectros y con los zombis; y para muchos basta ver a Rick Grimes corriendo para admitir que se está muy bien de este lado de la cerca. ¿O te gustaría estar del otro lado? Muchos dicen que sí, pero lo hacen en automático.

Eduardo de Gortari

@edegortari