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El-idioma-de-la-melancolia

Smashing Pumpkins: el idioma de la melancolía

Era la última década de un siglo convulso y un muchacho nacido junto a un lago estaba obsesionado con “usar el verdadero lenguaje de la gente” y a la vez agregarle “cierto colorido de la imaginación, bajo el cual las cosas ordinarias deberían mostrarse a la mente con un aspecto inusual”. Algunos versos sobre un amor perdido ante la muerte y otros tantos sobre la nostalgia de regresar a su región lacustre natal, tras años de viajar por el mundo, harían que se considerara a su obra “pathos puro”, como describía John Keats alguno de los “Poemas para Lucy” de William Wordsworth (de cuyo “Preface to the Lyrical Ballads” provienen las citas). El hecho de que se pueda decir lo mismo de William Patrick Corgan, el motor creativo al frente de los Smashing Pumpkins, que del poeta más emblemático de la primera generación de la poesía romántica inglesa no es una serie de coincidencias que comienza con el nombre de ambos y continúa en abundantes detalles como sus vínculos afectivos con ciertos lagos o que publicaron a la misma edad su obra cumbre* sino —parafraseando a Keats— tradición pura.

Es cierto que Mellon Collie & the Infinite Sadness no descubre nada que la literatura, la filosofía o la música no hayan explorado de manera obsesiva al menos en los dos siglos previos, pues el disco de los Smashing Pumpkins se inscribe en las formas que adoptaron las preocupaciones ante el paso del tiempo y la mortalidad en la modernidad inaugurada durante las últimas décadas del siglo XVIII por la Ilustración francesa, la primera revolución industrial y escritores como Goethe, en Alemania, o Wordsworth, en Inglaterra.Smashing Pumpkins: el idioma de la melancolía #culturaquemadura

La gran cualidad del disco doble de los Smashing Pumpkins es su arrojo para ir más allá de la angustia de la adolescencia —también invento de la misma modernidad—, vuelta lugar común del grunge, y empezar a hablar de lo que el tiempo le hace a la gente: del tiempo que cura los malos recuerdos y sana rencores, como en “Jellybelly”; del tiempo que, cuando se es muy joven, uno cree que nunca va a pasar, como en “1979”; del tiempo que uno desea detener cuando empieza a notar su paso, como en “Galapogos” o “Porcelina of the Vast Oceans”; del tiempo que cumple plazos simbólicos casi místicos, como en “Thirty-three”; del tiempo de perder la inocencia y conocer el amor, como en “Love”, “Thru’ the Eyes of Ruby” o “Lily (My One and Only)”; del tiempo de conocer los lados inevitables y reversos del enamoramiento, como en “Bodies”, “Cupid de Locke” o “X. Y. U.”; del descubrimiento de la nostalgia que todos experimentamos en el trance de la adolescencia a la edad adulta, que es tan cotidiano como el del día desde el amanecer hasta el ocaso pero al mismo tiempo tan sublime como el sentido de mortalidad que hay detrás del carpe diem con que Billy Corgan canta en “Muzzle” o “We Only Come Out at Night”, pero presente de manera más clara en “Tonight, Tonight”.

Tras la pieza instrumental que da nombre al álbum doble, “Tonight, Tonight” deja ver las cartas con las que jugará Billy Corgan a lo largo de Mellon Collie & the Infinite Sadness: “Time is neves time at all”, el tiempo jamás es tiempo del todo pero siempre nos va a quitar algo y a darnos otra cosa en su lugar; la constancia de los cambios no impide a los Smashing Pumpkins hacer un homenaje a su ciudad natal, Chicago, levantada a la orilla del lago Michigan, y a sus propios fans como si ambos fueran ya lo único estable en la vida de la banda de rock. La mutabilidad, el cambio constante que incluye incluso a la muerte, es el tema del álbum doble. No en vano los subtítulos de cada uno de los discos —“Dawn to Dusk” y “Twilight to Skylight”— hacen referencia al día y la noche, al mismo tiempo que a las máscaras de la comedia y la tragedia del teatro griego.

Smashing Pumpkins: el idioma de la melancolía #culturaquemadura

Cuando salió Mellon Collie & the Infinite Sadness tenía poco más de un año que Kurt Cobain se había unido al club de los 27 con un disparo de escopeta autoinflingido. En una entrevista de 1995, Billy Corgan afirmaba que con su ambicioso tercer disco intentaba “hacerle un nudo a mi juventud y guardarla debajo de la cama”.  El video de “Tonight, Tonight” muestra a la banda de rock con atuendos victorianos en medio de una recreación de la película Le Voyage dans la Lune (1902) de George Méliès, basada en la novela De la Tierra a la Luna de Julio Verne, que le añade una capa de interpretación más a la canción. Es imposible no ver, desde una época en que la carrera espacial ya suena a algo antiguo, cierta inocencia en la manera en que la ciencia ficción del siglo XIX imaginaba los viajes al espacio. Al igual que con su juventud y su cabellera, Corgan sabía que el tiempo de la modernidad ya había terminado y era hora de guardarla, aunque no sin antes hacerle un homenaje con tanta ironía como nostalgia, en el que están presentes de nuevo tanto el amor como la muerte. Corgan grababa el punto cúspide de su carrera como compositor y guitarrista de los Smashing Pumpkins a la misma edad simbólica en que Cobain se suicidaba, ambos en abierto rechazo a los mitos de la modernidad alrededor de la juventud que se les agotaba.

Billy Corgan estaba consciente que además de ser, en la zona de las ideas, el último eslabón en la cadena de la modernidad también jugaba en el terreno de una tradición mucho más reciente, la del rock. Desde el principio, los Smashing Pumpkins se distinguieron de otras bandas que la crítica musical puso en el cajón del grunge —como Nirvana, Pearl Jam o Soundgarden— por reconocer sin tapujos sus influencias metales y del rock gótico. Hijo de un guitarrista de blues, Billy Corgan inició su grupo en Chicago buscando un sonido más ligero de lo que sospecharíamos, acompañado de percusiones sintetizadas. No fue hasta que reclutaron al baterista de jazz Jimmy Chamberlin que la banda, formada también por James Iha y D’arcy Wretzky, se adentró en ritmos más pesados que mezclaban con descaro influencias en apariencia dispares como Black Sabbath, Cheap Trick, Joy Division, el primer The Cure, Depeche Mode, Sonic Youth o el shoegaze británico.

Mellon Collie & the Infinite Sadness resulta un album adecuado para los nuevos escuchas de los Smashing Pumpkins —como hace dos décadas lo fue para muchas personas— precisamente por la amplitud de la paleta de sonidos y estilos musicales abarcados por sus 28 canciones, que lo mismo coquetean con el trash metal de “Fuck You (An Ode to No One)” o “Tales of a Scorched Earth”, el hard rock de “Bullet with Butterfly Wings” y “Zero”, el glam al estilo Ziggy Stardust de “Here is no Why” y “Muzzle”, el noise rock con samples del videojuego Doom y letra con guiño a Frank Sinatra de “Where Boys Fear to Tread”, el synth pop de “1979” y “Beautiful”, además de baladas semiacústicas como “To Forgive” y “By Starlight”. Los Smashing Pumpkins tampoco dudaron en plagar el álbum de pequeños detalles pseudomísticos, que van del neoplatonismo de la letra de “Bullet with Butterfly Wings” y la subversión de la cadena de los seres en “Zero”, a símbolos de alquimia en el arte del disco casi a manera de provocación en pleno apogeo del grunge, que tenía una actitud iconoclasta ante los clichés del metal y del rock progresivo que se desplegaban con cinismo grandilocuente en el Mellon Collie & the Infinite Sadness.

La portada, diseñada por John Craig, es una transposición de
La portada, diseñada por John Craig, es una transposición de “Le Souvenir” (1789) de Jean-Baptiste Greuze y Santa Catarina de Alejandría (1507) de Rafael.

Durante las entrevistas del Mellon Collie… Billy Corgan hablaba constantemente del llamado Album Blanco de los Beatles y del The Wall de Pink Floyd, situándose así en la tradición de los discos dobles ambiciosos. No mencionaba, en cambio, a The Who con Quadrophenia, que está dotado de una línea narrativa mucho más clara, pues la intención de Billy Corgan no era la de contar una historia con estas canciones (como lo buscaría sin éxito con el accidentado Machina). A pesar de no buscar una narrativa lineal y la pluralidad de estilos musicales, en Mellon Collie & the Infinite Sadness hay una sensación de continuidad y unidad temática —el paso del tiempo desde los segundos hasta los años, con la consecuente consciencia de la muerte— en un flujo de melancolía que equilibra bien momentos álgidos de furia con otros meditativos, algunos oscuros y otros incluso seductores. El álbum es una serie de transiciones, en distintas tonalidades sonoras que aprovecha la amplia gama de estilos del rock, de aquello que ya advertía Heráclito sobre el tiempo: uno nunca se baña dos veces en el mismo río.

A finales de los noventa, pero del siglo XVIII, William Wordsworth escribió un poema, cuyo largo título es por lo general reducido a Tintern Abbey”. La oda trata sobre su regreso a las ruinas de una catedral medieval en la región inglesa de los lagos, donde nació el poeta. A pesar de que aún es joven, a los 28 años Wordsworth recuerda con melancolía épocas previas al evocar “cinco años que pasaron como cinco largos inviernos”. La tradición de la poesía romántica idealizaría a los jóvenes y crearía verdaderas celebridades en torno al mito de la juventud como Mary y P. B. Shelly, John Keats  o Arthur Rimbaud. Las muertes prematuras y trágicas, como la de algunos poetas ya mencionados o la de Kurt Cobain, tampoco escapan a esa tendencia cultural. Bajo las condiciones sociales que consolidaban la posibilidad de ese rango de edad —inventado por la modernidad— que es la adolescencia, fue a partir de la década de 1950 el rock retomó gran parte de los mitos sobre la juventud que se habían inventado en los albores de la revolución industrial y la democracia occidental moderna. Sólo comparable en ese sentido con David Bowie, Frank Zappa o Pete Townshend, Billy Corgan estaba consciente de su diálogo con la historia de las ideas como ningún otro compositor del rock en su generación (valdría la pena quizá mencionar a Radiohead, pero sus referencias siempre son sutiles y crípticas, casi nunca tan explícitas).

Smashing Pumpkins: el idioma de la melancolía #culturaquemadura

Como a muchas otras personas, Mellon Collie & the Infinite Sadness me acompañó en los años de adolescencia —que si bien es un rango de edad inventado, las angustias que llega a traer son, aunque exageradas, muy reales— y al escuchar este disco sentía que Billy Corgan no sólo me comprendía sino que la había pasado peor que yo cuando sus mayores no lo entendían o alguien le había roto el corazón. El efecto de universalidad fue logrado gracias a que el líder y vocalista de los Smashing Pumpkins había condensado toda la tradición de la angustia adolescente en este album doble. Eso y el acorde pumpkin —una octava acompañada del Mí grave de la sexta cuerda de la guitarra— eran sus secretos.

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Al igual que se lo propuso Wordsworth dos siglos antes, Billy Corgan logró usar el lenguaje de la gente con un colorido propio para mostrar algo tan cotidiano como el paso del día a la noche y el crecimiento con una perspectiva inusual, “pathos puro” como decía el trágico Keats del poeta lakista. Mellon Collie & the Infinite Sadness, a dos décadas de distancia, es un disco que aún se puede apreciar y disfrutar desde la perspectiva adulta, pues apela a mucho más que la angustia adolescente de un muchacho algo dramático nacido en una ciudad junto a un lago y es en sí mismo un idioma musical de la melancolía ante el inevitable paso del tiempo.

Eliud Delgado

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Siempre es un tema abierto a debate si es mejor Adore que Mellon Collie & the Infinite Sadness, de la misma manera que con Wordsworth lo es si The Prelude es superior a The Lyrical Ballads. Igual que ahora Corgan está distanciado de James Iha y D’arcy Wretzky, Wordsworth en su madurez se enemistó con su amigo y colaborador Samuel Taylor Coleridge. Tanto el rockero del siglo XX como el poeta del XVIII perdieron el cabello, en el caso de Wordsworth  no de manera voluntaria. Ambos son considerados genios por sus contemporáneos en la misma medida que se les tacha de insoportables. En sus respectivos momentos, cada uno fue proveedor de versos que los adolescentes se aprendían de memoria. No sería raro que algún día se enseñen las canciones de los Smashing Pumpkins en las escuelas y los alumnos las consideren demasiado cursis pero en secreto algunos las aprendan con gusto. Las coincidencias abundan.