Skip to main content
Oscuridad: Lord Byron y la invención del terror postapocalíptico

Oscuridad: Lord Byron y la invención del terror postapocalíptico

Oscuridad: Lord Byron y la invención del terror postapocalíptico #culturaquemadura
Lord Byron, en retrato de Richard Westall (sin fecha)

Una serie de eventos climatológicos atípicos, en conjunto con una gran cantidad de ceniza lanzada a la atmósfera por la erupción del volcán Tambora —en el territorio de la actual Indonesia— hicieron que 1816 pasara a la historia como “el año sin verano” en medio de hambrunas por la perdida de cosechas y con efectos perceptibles en Asia, Europa y América, cuya huella cultural resultó indeleble en las narrativas de horror. Ese año de emergencia ambiental fue también el mismo en que, tras un divorcio y una serie de escándalos incluso sexuales, George Gordon, sexto Lord Byron, se exilió de Inglaterra para no volver jamás.

Oscuridad: Lord Byron y la invención del terror postapocalíptico #culturaquemadura
Villa Diodati, refugio de Lord Byron y cuna del terror moderno

Lord Byron se refugió de las tormentas —tanto personales como climáticas— y lo que parecía una noche perpetua en la mansión de Villa Diodati, a orillas del lago Ginebra, en Suiza, donde alguna vez se había hospedado el también poeta John Milton. Byron iba acompañado de John William Polidori —su médico de cabecera pero también escritor— y se les unió una pareja en desgracia: Percy Shelley, poeta recién expulsado de la Universidad de Oxford, y Mary Godwin —después Shelley—,  hija adolescente de los filósofos Mary Wollstonecraft y William Godwin, que se había escapado con Percy Shelley, de quien en un futuro cercano sería viuda. Ante el mal clima, el ambiente apocalíptico y las malas rachas personales, el grupo decidió averiguar quién podía contar la mejor historia de terror. De aquella ocasión surgió “El vampiro” de Polidori, que posteriormente inspiró a Bram Stoker para escribir Drácula y así comenzó la tradición moderna de las ficciones sobre vampiros. De mayor trascendencia literaria fue Frankenstein o el moderno Prometeo, primera novela de Mary Shelley que surgió también de aquellos días sin sol. Por su parte, Lord Byron escribió el poema Darkness.  

Oscuridad: Lord Byron y la invención del terror postapocalíptico #culturaquemadura
Detalle de “El triunfo de la muerte” de Pieter Brueghel el Viejo (1562)

Se podría decir que tanto Polidory como Shelley escribieron en Villa Diodati los antecedentes literarios de las películas de vampiros y de muertos vivientes. Los 82 versos blancos del poema de Byron, que hoy presentamos en una nueva traducción al español, son en la misma medida un eslabón entre la tradición oral de las leyendas o las representaciones del fin del mundo de los pintores flamencos renacentistas con las películas y series de televisión postapocalípticas, como The Walking Deaddonde las peores características del ser humano son potencializadas por la inminencia de los cataclismos y la extinción de la humanidad.

Oscuridad: Lord Byron y la invención del terror postapocalíptico #culturaquemadura

Oscuridad

Tuve un sueño, que no era precisamente un sueño.
Extinto el sol radiante, los astros deambulaban
todos entre oscuridad por el espacio interminable
sin haces de luz, sin rumbo; gélida la Tierra
giraba en ceguera, ennegrecida por el aire sin luna;
la mañana llegó, se fue y llegó, pero nunca trajo al día
y sus pasiones todas olvidó la gente por horror
de esta desolación suya; entumecidos de frío
quedaron todos los corazones fundidos
en una egoísta plegaria que imploraba luz:
vivían sin despegarse de fogatas —y de tronos,
palacios de reyes coronados—, de chozas,
de cuanta morada las cosas habitaban
para terminar incineradas en faros,
las ciudades quedaron consumidas
y la gente reunida en torno a sus hogares
en llamas, para mirarse por una vez más a los ojos;
eran felices aquellos que vivían bajo la mirada
de los volcanes y su antorcha montañesa:
era una esperanza terrible todo cuanto el mundo contenía;
se incendiaban los bosques, aunque hora tras hora
se les oía desplomarse y se apagaban; en centellas,
de un estruendo se extinguían los troncos y todo era negro.
Bajo luz desesperanzadora, lucían todas las frentes
un aspecto que al mundo ya no pertenece,
mientras un embate de relámpagos les caía; se inclinaban
algunos para esconder sus ojos y llorar; algunos descansaban
con la cabeza encima de puños apretados y sonreían;
había otros que apurados iban de un lado al otro, avivaban
con leña sus piras funerarias y volteaban a ver
con demente inquietud al cielo apagado:
de un mundo anterior el féretro; y entonces de nuevo
los hacían descender entre maldiciones hacia el polvo,
rechinaban los dientes y aullaban: las aves silvestres chillaban
y aterradas revoloteaban en la tierra,
agitando sus alas inútiles; los brutos más salvajes
se habían vuelto dóciles y trémulos; y las víboras reptaban,
entre la multitud fraternizando unas con otras,
siseando pero sin clavar los dientes,
sus vidas habían sido cobradas por alimento.
Y la Guerra, que por un instante ya no había,
se volvió a saciar: se había comprado con sangre
una comida y con resentimiento cada quien se sentó
para darse un atracón apartados y apenumbrados:
no quedaba del amor ya nada;
la tierra toda no era sino un sólo pensamiento:
la muerte inmediata y deshonrosa; el estertor
de la hambruna se alimentaba de todas las entrañas, moría
la gente y sus huesos, igual que su carne, quedaban sin sepultura;
los miserables eran devorados por los miserables,
inclusive los perros atacaban a sus amos, excepto uno
fiel a un cadáver, del que mantenía a las aves
y a las bestias alejadas, igual que a los famélicos
hasta que los ciñó el hambre, o al tambalearse
los muertos prensaron las quijadas ya flácidas;
para sí mismo no buscó alimento
pero con un aullido, lastimoso y perpetuo,
en un breve llanto desolador, mientras lamía
la mano, que no respondería ya con caricias, murió.
Lentamente, de inanición la multitud se iba muriendo;
pero había un par, de una gran ciudad, que sobrevivió
y los dos eran enemigos: se encontraron junto a las brasas
casi extintas de un altar con objetos santos congregados
para un fin profano; escarbaron y con sus manos
de esqueleto gélidas desbarataron escalofriantes
las cenizas frágiles y sus alientos frágiles
exhalaron por un poco de vida, crearon una flama
en son de burla; entonces fue que levantaron sus miradas
mientras la luz atenuaba y contempló cada uno
los rasgos del otro; se miraron, pegaron un grito y murieron;
incluso fallecieron, de monstruosidad mutua,
sin saber cuál era aquel sobre cuya frente
la Hambruna había escrito Maligno. El mundo quedó vacío,
lo bullicioso y poderoso era ya un despojo:
sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin gente, sin vida
—un despojo de muerte—, un caos de barro endurecido.
Los ríos, lagos y el océano permanecían quietos
y nada se agitaba en sus profundidades silenciosas;
los barcos, sin marineros, se pudrían regados por el mar
con sus mástiles hundiéndose despacio, al caer
se adormecían en el abismo sin los vaivenes
de las olas que ya estaban muertas; en sus tumbas
reposaban las mareas y la Luna,
su señora, ya había expirado antes;
los vientos se habían marchitado en el aire estático
y habían perecido las nubes; no necesitaba la Oscuridad
su ayuda: Ella era el Universo.                                                                                            

   Traducción de Eliud Delgado


Darkness

I had a dream, which was not all a dream.
The bright sun was extinguish’d, and the stars
Did wander darkling in the eternal space,
Rayless, and pathless, and the icy earth
Swung blind and blackening in the moonless air;
Morn came and went—and came, and brought no day,
And men forgot their passions in the dread
Of this their desolation; and all hearts
Were chill’d into a selfish prayer for light:
And they did live by watchfires—and the thrones,
The palaces of crowned kings—the huts,
The habitations of all things which dwell,
Were burnt for beacons; cities were consum’d,
And men were gather’d round their blazing homes
To look once more into each other’s face;
Happy were those who dwelt within the eye
Of the volcanos, and their mountain-torch:
A fearful hope was all the world contain’d;
Forests were set on fire—but hour by hour
They fell and faded—and the crackling trunks
Extinguish’d with a crash—and all was black.
The brows of men by the despairing light
Wore an unearthly aspect, as by fits
The flashes fell upon them; some lay down
And hid their eyes and wept; and some did rest
Their chins upon their clenched hands, and smil’d;
And others hurried to and fro, and fed
Their funeral piles with fuel, and look’d up
With mad disquietude on the dull sky,
The pall of a past world; and then again
With curses cast them down upon the dust,
And gnash’d their teeth and howl’d: the wild birds shriek’d
And, terrified, did flutter on the ground,
And flap their useless wings; the wildest brutes
Came tame and tremulous; and vipers crawl’d
And twin’d themselves among the multitude,
Hissing, but stingless—they were slain for food.
And War, which for a moment was no more,
Did glut himself again: a meal was bought
With blood, and each sate sullenly apart
Gorging himself in gloom: no love was left;
All earth was but one thought—and that was death
Immediate and inglorious; and the pang
Of famine fed upon all entrails—men
Died, and their bones were tombless as their flesh;
The meagre by the meagre were devour’d,
Even dogs assail’d their masters, all save one,
And he was faithful to a corse, and kept
The birds and beasts and famish’d men at bay,
Till hunger clung them, or the dropping dead
Lur’d their lank jaws; himself sought out no food,
But with a piteous and perpetual moan,
And a quick desolate cry, licking the hand
Which answer’d not with a caress—he died.
The crowd was famish’d by degrees; but two
Of an enormous city did survive,
And they were enemies: they met beside
The dying embers of an altar-place
Where had been heap’d a mass of holy things
For an unholy usage; they rak’d up,
And shivering scrap’d with their cold skeleton hands
The feeble ashes, and their feeble breath
Blew for a little life, and made a flame
Which was a mockery; then they lifted up
Their eyes as it grew lighter, and beheld
Each other’s aspects—saw, and shriek’d, and died—
Even of their mutual hideousness they died,
Unknowing who he was upon whose brow
Famine had written Fiend. The world was void,
The populous and the powerful was a lump,
Seasonless, herbless, treeless, manless, lifeless—
A lump of death—a chaos of hard clay.
The rivers, lakes and ocean all stood still,
And nothing stirr’d within their silent depths;
Ships sailorless lay rotting on the sea,
And their masts fell down piecemeal: as they dropp’d
They slept on the abyss without a surge—
The waves were dead; the tides were in their grave,
The moon, their mistress, had expir’d before;
The winds were wither’d in the stagnant air,
And the clouds perish’d; Darkness had no need
Of aid from them—She was the Universe.

                                                                                                   George Gordon, Lord Byron