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Lucidez y estética del trolleo: Sumisión, de Michel Houellebecq

Lucidez y estética del trolleo: Sumisión, de Michel Houellebecq

El bufón piensa que es sabio, pero el hombre sabio se reconoce como bufón.
William Shakespeare

Michel Houellebecq (Isla de la Reunión, 1956) ha sido a lo largo de su carrera literaria acusado de misógino, de racista, de apólogo de la explotación sexual infantil y de copiar artículos de Wikipedia en sus libros sin citar la fuente. El de islamófobo sería tan sólo uno más en la extensa lista de adjetivos que pareciera recibir con agrado el novelista francés, para quien la corrección política existe únicamente como un reto a vencer. Indignarse ante las opiniones de Houellebecq sería caer en las trampas que, con sutil cuidado, ha ido tendiendo a lo largo de los años. A la vez, sería pasar por alto uno de los grandes proyectos de su obra literaria: la creación del autor como un personaje bien definido y caracterizado, con su propia evolución narrativa, cuya presencia y performance siempre flotan sobre la trama de cada novela. Michel Houellebecq es un provocador sin miramientos creado por Michel Thomas (su nombre real), que al escribir cada libro parece elegir nuevos blancos para —al igual que sucede en las redes sociales— trollear y así escalar un peldaño más en la escalera del reconocimiento literario. Para el implacable Michel Houellebecq, el proceso mismo no escapa a la mofa. En su más reciente novela, Sumisión (Anagrama, 2015), el trolleo del narrador apunta hacia el Islam pero sólo en apariencia, porque en realidad nunca juega con fuego. Se puede no estar de acuerdo con él, pero su visión sin duda arroja luz sobre las problemáticas que señala, en esta ocasión la presencia del Islam en Europa.

Lucidez y estética del trofeo: Sumisión, de Michel Houellebecq #Cutlruaquemadura

Precisamente el día que Michel Houellebecq publicó la edición en francés de Sumisión, ocurrió el lamentable atentado contra el semanario parisino de sátira gráfica Charlie Hebdo. En la novela, cuyo título es la traducción de la palabra Islam, un ficticio partido politico musulmán moderado gana las cerradas elecciones presidenciales de 2022 en Francia, tras derrotar al Frente Nacional —de extrema derecha y calcado de la realidad— en una accidentada segunda vuelta. En el proceso ocurren de manera continua incontables atentados de grupos extremistas, sin que quede claro si se trata de musulmanes o de grupos xenófobos europeos. La reacción mediática a la coincidencia de la publicación de Sumisión y el atentado contra la redacción de Charlie Hebdo en enero pasado fue inmediata. El hecho de que tanto el semanario de caricaturistas como Michel Houellebecq compartan —guardando las diferencias que implica cada disciplina— una vocación de bufones hizo aún más sencillo relacionar ambos hechos. Ante los terribles atentados sucedidos la pasada noche del 13 de noviembre en cuatro puntos de la capital Francesa, el más reciente libro de Houellebecq de nuevo resuena como algo inevitable y una lectura pertinente, que requiere  interpretarse más allá de un reduccionismo efectista. La séptima novela de Michel Houellebecq no es una advertencia sobre los peligros del terrorismo —implacable, pero que apenas aparece en la trama—, en contraste Sumisión resulta un diagnóstico del desahucio moral de Francia, y de prácticamente toda Europa.

El trolleo de Michel Houellebecq en Sumisión no está dirigido al terrorismo extremista, tampoco los musulmanes migrantes o nacidos en Francia, sino que apunta directo a los valores occidentales que tienen su cuna moderna precisamente en la Ilustración y la Revolución Francesa: la libertad, la fraternidad, la igualdad, incluso la democracia aparecen en estado de crisis. La gran afrenta del novelista es señalar la facilidad con la que sus personajes abrazan, más por conveniencia acomodaticia que por esperanza, el Islam al que antes consideraban una amenaza. François, el protagonista, encarna bien todo lo que Houellebecq busca trollear de Francia (y de Occidente): es un académico literario de alto rango, hiperespecializado en la obra de un solo autor (Joris-Karl Huysmans) pero con pocas expectativas vitales, que encuentra en el ascenso al poder de los musulmanes una renovación ante la cual duda ceder con desencanto y pereza.

Lucidez y estética del trofeo: Sumisión, de Michel Houellebecq #CutlruaquemaduraA su paso, François se encuentra con otros académicos que pasan con enorme facilidad de plantear, en tonos casi neonazis y racistas, una posible guerra entre europeos blancos y migrantes musulmanes, a convertirse al Islam sin pensarlo dos veces cuando la nueva administración de la Sorbona lo pone como requisito al profesorado. El protagonista también convive con profesoras universitarias que no se acongojan al saber que ya no se les permitirá dar cátedra sólo por ser mujeres, pero recibirán una pensión de retiro sustanciosa. Los personajes, a través de los cuales Michel Houellebecq explora diversas aristas —desde el rechazo más abierto hasta la defensa más conciliadora— de posturas occidentales frente al Islam. Todos y todas (excepto la novia judía de François, que se va con su familia a Israel) son más seducidos por la posibilidad de mantener un nivel de vida, o acrecentar su esfera de influencia, que convencidos de abrazar la fe musulmana. El poder sustituye a cualquier principio ideológico para los personajes de Sumisión.

Contrario a las expectativas, Sumisión no se burla del Islam. El blanco de Michel Houellebecq es Occidente y el trolleo es complejo. Una constante en la filosofía francesa del siglo pasado, desde Sartre hasta Derrida, fue declarar en diversas maneras el triunfo de la razón sobre el pensamiento metafísico. Robert Rediger, el más prominente de los personajes académicos de Houellebecq, hace malabares discursivos para usar la crítica de Nietzsche al cristianismo (y al pensamiento metafísico) en un libro que convence al protagonista François de convertirse al Islam y así aceptar de nuevo su cátedra en una Sorbona musulmana generosamente financiada con petrodólares saudiárabes. Las reflexiones de Rediger y François en torno al Islam como posible elemento unificador de Europa hacen que la presión demográfica —esa sí muy real— de un creciente número de migrantes musulmanes parezca más una oportunidad que la amenaza construida en el imaginario popular ante el shock de los atentados terroristas. El gran trolleo de Michel Houellebecq está ahí en el vacío moral que encuentra en Europa, en ser una novela que al final se podría prestar más para la defensa del Islam que como una advertencia contra el extremismo del Estado Islámico o Al Qaeda.

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La visión de Michel Houellebecq es sin duda impactante porque sus matices hacen demasiado pronunciados el desencanto o la disposición a venderse de sus personajes. Todos los adjetivos que el escritor francés se ha ganado con una polémica tras otra se pueden resumir en una misantropía constante, misma que ha incorporado como un elemento estético más en sus libros. Pero hay algo esperanzador en Sumisión que no ocurre en la realidad: Mohammed Ben Abbes, el carismático líder de la ficticia Hermandad Musulmana, crítico ante los extremistas —aunque irónicamente Houellebecq lo hizo compartir el apellido con un terrorista—, que llega a la presidencia de Francia tras derrotar a Marine Le Pen, dirigente real del partido de extrema derecha Frente Nacional.

La ficción que plantea Sumisión ha sido calificada de disitópica. Es cierto que en la novela ocurren atentados terroristas, hay enfrentamientos y violencia; todo ante el silencio de los medios franceses y del mundo, a diferencia de la difusión y empatía que los lamentables acontecimientos han generado en la realidad. Se podría decir también que en su novela Michel Houellebecq no toma en cuenta al conflicto en Siria, con su consecuente ola de refugiados que buscan asilo en Europa, o que sus personajes son tendenciosos al hablar de geopolítica, pero Sumisión es, más que una indagación sobre esos  temas, un libro sobre la incapacidad del modelo europeo de la democracia y la crisis de las ideas de la Ilustración para responder a los problemas del siglo XXI . Tras los atentados del 13 de noviembre en París, personajes de Sumisión como Mohammed Ben Abbes parecen provenir de una versión ligeramente más civilizada, aunque en un contexto no necesariamente menos violento y codicioso, de este mundo. Las condiciones de rechazo que enfrentan los migrantes musulmanes que llegan a Europa (cuando no se les cierran las fronteras) o incluso nacen ya en países como Francia o el Reino Unido (cuya experiencia capturan Salman Rushdie en Los versos satánicos y Hanif Kureishi en su cuento “Mi hijo el fanático”) tendrían una oportunidad de ser distintas si surgiera un liderazgo como el de Ben Abbes: moderado, deslindado del terrorismo, que le diera voz y cauce social a los musulmanes europeos. Señalar esa ausencia de liderazgos musulmanes con capacidad de acción institucional, la probable proximidad de su surgimiento e imaginar su triunfo es la verdad incómoda con la que el polémico escritor trollea a Occidente; una verdad que sólo puede enunciarse desde la lucidez de un bufón sin tapujos, como el personaje que para sí mismo ha creado Michel Houellebecq.

Eliud Delgado